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Antigua farmacopea

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Una mirada a una farmacopea antigua asombra no tanto por lo que revela acerca de la credulidad humana como por el testimonio que aporta a la fecundidad de la inventiva humana. La usnea fue una medicación oficial, que figuraba en la farmacopea hasta el siglo XIX y que gozaba de gran fama como agente curativo; estaba elaborada con el musgo raspado de la calavera de un criminal ahorcado con cadenas. Otras fuentes medicamentosas usadas en época relativamente reciente en Europa son el estiércol de cocodrilo, la momia egipcia y hasta el cuerno de unicornio.


Desde que el hombre comenzó a pensar sistemáticamente sobre los fenómenos naturales, intentó descubrir su camino a través del laberinto de medicamentos y enfermedades a la luz de alguna clase de teoría racional. La forma que asumieron sus teorías dependió, como es natural, de sus ideas sobre la composición del cuerpo; sobre las opiniones que prevalecían en bioquímica, podríamos decir, trasplantando en forma anacrónica el término a los siglos pasados.
Por ejemplo, en la antigua Grecia, era corriente pensar en todas las sustancias --vivas y no vivas, por igual-- en términos de grados de las cualidades caliente o frío, y húmedo o seco. De esta manera los griegos llegaron a sus famosos cuatro elementos- tierra, agua, aire y fuego-. La tierra era fría y seca, el agua fría y húmeda, el aire caliente y húmedo, el fuego caliente y seco.


Evidentemente, estos elementos significaban una noción muy diferente de la de un elemento químico moderno. No tenían la misma utilidad, ni su cantidad se mantenía constante, como ocurre con los elementos modernos, siempre que las circunstancias no sean demasiado anormales; pero la idea era bastante razonable en sí misma, ya que es obvio que todas las sustancias pueden situarse en las balanzas del calor o del frío, o de la humedad o sequedad, de la misma manera que cualquier punto de un plano puede describirse mediante dos cantidades, que den la ordenada y la abscisa.


Los griegos atribuían la salud a un equilibrio armonioso y satisfactorio o temperamento de las cuatro cualidades primarias, y la enfermedad a una alteración o desequilibrio en sus proporciones. De acuerdo con estas ideas, los remedios estaban encaminados a restablecer dicho equilibrio. A cada una de las numerosas variedades de hierbas que constituían la mayor parte de la antigua materia médica le fue asignado un grado de calor y de humedad, fundamentándose en criterios que ahora pueden parecernos muy poco convincentes, y las drogas frías se administraban para aliviar las enfermedades calientes; pues se argumentaba: ¿qué puede haber más natural que un síntoma se cure con su opuesto? Todo este sistema terapéutico fue recopilado por Galeno, el gran tratadista médico del siglo I d.C., cuya autoridad no se puso en duda hasta el Renacimiento y por ende formó la base de la práctica médica de la Europa culta durante más de trece siglos.


Durante el siglo XVII, época de esfuerzo y de pensamiento científico enérgico y a menudo fructuoso, alcanzó bastante popularidad una teoría diferente. Según el nuevo punto de vista, las enfermedades obedecían a desequilibrios entre la acidez y la alcalinidad de los líquidos orgánicos. La terapéutica fue cuestión entonces de contrarrestar lo opuesto con lo opuesto de acuerdo con la nueva dualidad, ya fuese administrando ácido o álcali como tales, o dando dietas que se suponía favorecían la acidez o la alcalinidad. Por ejemplo, las viruelas se atribuían a la alcalinidad, y las mayores autoridades médicas del siglo XVIII siguieron exaltando las propiedades curativas del ácido sulfúrico, administrado con la bebida.
Actualmente creemos que nuestros conocimientos acerca de la constitución cor-poral y del funcionamiento se asientan sobre una base más firme y mejor conocida que nunca. En vista de ello ¿podemos proponer un sistema terapéutico más racional?
Ehrlich, en los primeros años del siglo XX, propuso la quimioterapia.