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De Ícaro a Gagarin

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Solo se sabemos con certeza que 5.000 años a. C. los babiló-nicos iniciaron rudimentariamente el estudio científico del Universo. Has-ta entonces el hombre se resistió a aceptar la existencia de otros mun-dos y a creer que el Universo no es inmutable. Toda la tradición religiosa y mitológica consideraba la Tierra como el Universo, sobre el cual podían observarse puntos luminosos de origen y formas desconocidas, pero de es-casa importancia, comparados con la Tierra.
2.000 años más tarde, los babilónicos ya conocían los movimientos de Venus y habían ideado un .calendario similar al nuestro, compuesto de doce meses de treinta días; 1.000 años más tarde, los egipcios, lo perfeccionaron agregándole cinco días. Tenían una avanzada cultura astronómica, identifi-caban a Venus, Mercurio, Júpiter y Marte, pero solo aceptaban la idea de que la Tierra era plana y flotaba sobre las aguas.


Los antiguos griegos fueron quienes más se acercaron a la verdad. Aunque no se conocen escritos suyos, ni la época exacta en que vivió, se seguía la tradición de Pitágoras, quien habría sostenido que la Tierra y todo el universo tenían una forma esférica.
Anaxágoras, cuatro siglos a.C., fue el primero que explicó los eclipses de sol y de luna y por sustentar estas teorías fue condenado a muerte, aunque se le conmutó la pena por la de ostracismo. Antes de morir sostuvo que la Luna no tenía luz propia.
El gran revolucionario de esta época, el astrónomo Aristarco, opinó que la Tierra giraba alrededor del Sol y de su mismo eje. Y por mantener esta teoría lo acusaron de perturbar el reposo de los dioses. Pese a las anatemas y risas de sus contemporáneos, la historia, dos mil años después, le daría la razón.


Ptolomeo y Cicerón también fueron grandes astrónomo, de la época de Luciano de Samosata, satírico griego, que escribió el que se considera primer libro de ciencia ficción, Historia Verdadera, cuyo personaje central, Mesipo, viaja a la Luna con la ayuda de un ala de águila y otra de buitre, transformándose en un Ícaro pintoresco, y dice que nuestro satélite estaba habitado por seres fabulosos: mitad caballos, mitad grifos. Pero hay que esperar el polaco Nicolás Copérnico - 1473 a 1543 - que lanzó su cohete teórico, De las Revoluciones de los Cuerpos Celestes, libro en el que el polaco probó que los viejos griegos tenían buena parte de razón con su teoría heliocéntrica. Él sostenía que el centro de nuestro sistema era el Sol y que a su alrededor gira la Tierra y los demás planetas y, además, que la Tierra tiene dos movimientos: de rotación sobre sí misma y de traslación alrededor del Sol
El descubrimiento del telescopio -hecho al parecer en 1609 por un hombre sin estudios, Santiago Metzu, hermano de un óptico holandés- inspiró a Galileo Galilei, quien el mismo año comenzó a fabricar y a usar esos aparatos. Sus observaciones le permitieron destruir totalmente las todavía arraigadas teorías sobre un universo inmóvil. Eufórico, se atrevió, entonces, a defender con vehemencia la teoría de Copérnico sobre la traslación de la Tierra. Un contemporáneo alemán de Galileo, Johannes Kepler, convierte en novelas sus teorías para eludir las represalias de la Iglesia.

En su obra "Sueño" expone impunemente todas sus revolucionarias ideas disfrazadas en un fantástico viaje lunar. Kepler, el más grande matemático y astrónomo de su época, alcanzó a intuir los viajes espaciales. En carta a Galileo (19 de abril de 1610), se muestra lleno de entusiasmo:
-Cuando tengamos resuelto el problema del vuelo no faltarán los pio-neros humanos dispuestos a viajar en el espacio. Logremos naves y velas ade-cuadas al éter celeste y preparemos por ahora mapas del cuerpo del espacio...
A fines del siglo XVII, Isaac Newton -físico, matemático y astrónomo inglés, descubridor de la ley de gravedad, 1642-1727- logró demostrar que las ideas de Galileo Galilei estaban en lo cierto. Casi simultáneamente con estos colosos de la ciencia, los poetas comienzan a viajar con sus musas más allá de la superficie terrestre. En su "Orlando Furioso", el italiano Ludovico Ariosto (1474-1533) hace viajar al hombre en un coche arrastrado por cuatros caballos rojos. Más tarde, Voltaire, Alejandro Dumas, Julio Verne (1828-1905), Edgar Alian Poe, y otros se transforman en cosmonautas imaginarios a través de sus personajes. E] británico Herbert George Wells -muerto en 1946- disputaría la popularidad al francés Verne con su "Literatura de utopías" rebautizadas más tarde como "ciencia ficción". Ambos son considerados cumbres en el género.


Sólo en el siglo XX se prueba que existe una forma de vencer la fuerza de gravedad y de abandonar la atmósfera terrestre. Aparece el cohete, aunque existían otros antecedentes más antiguos. La historia registra que los chinos, hacia 1232 a.C., en la batalla de Kai Fung Fu, rechazaron un ataque de los mongoles; lo hicieron con la ayuda de las flechas de fuego voladoras. Transcurren otros 2.500 años sin otros antecedentes, hasta el 1258 d.C. en la guerra veneciano-genovesa. Sin embargo, son los cohetesgrave, creados por sir William Congrave, en el siglo XIX, destinados a incendiar buques enemigos y operaciones de bombardeo la continuación del larguísimo camino- y, todavía, había que llegar a la segunda mitad del siglo XX para enlazar los nombres de Ícaro, Yuri Gagarin y los vuelos espaciales.