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Dice Asimov en su libro "Introducción a la Ciencia"
que la curiosidad, el imperativo deseo de conocer, no es una característica
de la materia inanimada, pero sí que ésta es el motor
del progreso del hombre.
Y si la curiosidad era una característica propia del hombre,
sin duda, que ella le llevaría a transformarse, casi sin darse
cuenta, en un inventor; porque existen una serie de inventos, de los
que disfrutamos, inventos de los que nunca sabremos quién fue
su inventor, tales como el fuego, la navegación o la creación
de la agricultura, es decir, la siembra y la cosecha. Claro que este
impulso, la curiosidad, andando los siglos, en la imaginación
del hombre ha plasmado inventos cuyos modernos creadores tienen nombres
propios, aunque perdidos en el tiempo están los que inventaron
el uso de la piedra o de los huesos para fabricar herramientas o de
los metales o los sistemas de caza y la domesticación de algunos
animales, creando la ganadería y la agricultura. Los trabajos
de los analistas del progreso humano han compilado los aportes chinos,
semíticos, helénicos, melanesios y botocudos, (los indígenas
de Brasil que se deforman los labios), investigaciones que arrojan
luz sobre los inventores célebres de la prehistoria, aunque
como queda dicho, algunas adquisiciones que representaron un papel
importante en el creciente progreso de la humanidad, no tienen partida
de nacimiento. Tal ocurre con el fuego, la mecánica, la ganadería,
la agricultura, la alfarería, la metalurgia y otras actividades
que solo al crearse la primera escritura - también de padre
desconocido- permite retener el nombre de los inventores, pero esto
sucede cuando ya se había recorrido un largo camino. El Inventor,
cualquiera que sea su genio personal, debe estar integrado a los medios
de su época, por lo que conviene investigar en las civilizaciones
perdidas la huella de las invenciones célebres.
Las tres primeras parecen ser el fuego, las herramientas y el lenguaje,
tres características que han poseído los hombres conocidos
de los primeros tiempos. La herramienta tiene muchas probabilidades
de haber tenido la prioridad sobre el fuego. Podemos deducir que los
grandes monos antropoides, ocasionalmente, han sido capaces de improvisar
una herramienta muy rudimentaria. Durante un tiempo muy dilatado,
nuestros antepasados tuvieron que servirse de palos quebrados y de
guijarros cortantes para cubrir tareas importantes en sus vidas, antes
de fabricar herramientas reconocibles como tales. Nuestros más
antiguos precursores conocidos, el Pitecántropo de Java o el
Sinántropo de Pekín poseían, hace unos doscientos
o quinientos mil años, el arte de golpear una piedra para sacar
una astilla con filo cortante. Naturalmente, el primero que lo hizo,
el inventor, nunca podrá ser conocido, aunque es el primer
testimonio de quehacer científico.
Al Sinántropo, jalón casi ideal entre el orangután
y el pensador moderno, es a quien se debe igualmente el primer testimonio
del fuego. Quizá no sea más que un hecho casual, pero
es el único hombre primitivo que ha sido encontrado en la caverna
de Chukutian, es decir, en un ambiente doméstico, el primer
hogar conocido del hombre. Ahí, vivía con su familia,
rodeado de herramientas dispersas y de huesos de ciervos y rinocerontes,
cuyas carnes eran sus comidas, mezclados con huesos de hombres, lo
que levanta la sospecha de antropofagia, hábito que aporta
un testimonio decisivo: el Sinántropo, es uno de los hombres
que practicaron procedimientos artificiales para matar a sus semejantes.
Sobre el lenguaje no sabemos nada: es, al igual que la herramienta,
una adquisición progresiva, mientras que el fuego es propiamente
un descubrimiento. Esta distinción evita confundir ciertas
técnicas que se desarrollan por sí mismas, partiendo
de los rasgos de comportamiento ligados a los hábitos biológicos
de la especie humana. Piensen de ello lo que quieran los textos antiguos,
la caza o la vivienda no han tenido inventores determinados; lo que
cuenta son los millares de pequeños descubrimientos de cazadores
o de constructores ingeniosos. La historia de estos hallazgos no son
verificables por falta de textos. Otro tanto puede decirse de la ganadería
y de la agricultura. Todavía existen pueblos que no crían
ganado, ni cultivan la tierra. Como por juego, amansan y domestican
animales salvajes y saben respetar y hasta proteger a veces las plantas
alimenticias más preciosas. Sabemos de la existencia de sociedades
primitivas que tienen bestias domésticas y que, además,
poseen tierras cultivadas, pero su nivel económico y social
no está en relación con las técnicas pastorales
o agrícolas, porque hay que considerar la inmensidad que abarcan
los tiempos prehistóricos, es el transcurrir de enormes períodos
para pasar de la recolección de frutos a la caza y, después,
a la pesca. Los hombres inventaron la lanza, el arco, la lámpara
de aceite, la costura con aguja, las trampas, la flauta, las máscaras,
antes de que el último mamut hubiese abandonado una Europa
que no respondía a sus sueños. A imagen de los esquimales
o de los indígenas australianos actuales, el europeo que vivió
hace quince mil años tramaba sus invenciones sobre el fondo
de sus tendencias elementales.
Bruscamente, desde la China hasta el Atlántico, se produjo
una transformación total de las formas de vida; no obstante,
al hablar de esta transformación total, debe entenderse que
ella se produjo en el transcurso de unos tres mil años. Todo
se transformó: la agricultura, la ganadería, la alfarería,
los tejidos y los metales, sucesivamente, en este orden. Después,
entra en escena la escritura, lo que ocurre entre los años
6000 y 3000 a. C.
Es natural ver cómo todas las técnicas fundamentales
de nuestra civilización nacen con cortos intervalos históricos,
acarrean una transformación, empezando con la agricultura que
significa sedentarismo, al menos parcial, vida colectiva, almacenamiento
de cosechas, concentración urbana, jerarquía social,
técnicos especializados, en una palabra, clima favorable al
nacimiento de técnicas nuevas.
¿Dónde tuvo lugar el nacimiento de la agricultura? Lo
mismo que la ganadería, ubicada en cualquier parte entre China
y el Mediterráneo, en la zona del caballo y del toro salvajes,
del carnero y de la cabra, del trigo, del manzano, de la viña.
Tampoco se tienen conocimientos más precisos sobre la alfarería
y los tejidos. Una y otra son invenciones en sentido estricto: fue
necesario que alguien tuviese un día la idea de cocer arcilla
o de entrecruzar fibras, aun cuando el azar haya estado presente o
participado en la invención. Hubo, pues, inventores, probablemente
prehistóricas mujeres, que lanzaron, algún día
las nuevas formas de vida y que fueron las que autoras de estas innovaciones.
En seguida, la alfarería y el tejido exigieron la imaginación
creadora, para mejorar las técnicas de trabajo.
Seguramente, algo semejante sucedió con la metalurgia, porque
nació en los mismos lugares geográficos. Es totalmente
admisible que, en la metalurgia, interviniera la casualidad. Por ejemplo,
que por olvido o distracción un trozo de mineral se fundiese
en el fuego de cocina, y alguien lo machacara, trabajándolo;
no sería el caso de la alfarería que exige temperaturas
altas como para acarrear la cocción de la arcilla y modelarla.
Por eso, el hombre actual, seguro del desarrollo de su inteligencia,
debe conceder a nuestros ante-pasados una capacidad de inspirada imaginación
y un inicial grado de racionamiento, que hizo posible que un alfarero,
por una serie de atisbos geniales, descubriese la metalurgia.
Y esto puedo ser así, es decir, cuando se estaban desarrollando
estos acontecimientos, la Europa occidental cazaba aún al toro
salvaje con flechas de sílex, y mucho más tarde, cuando
todo estaba ordenado desde bastante tiempo, recibió Europa,
hacia el año 3000 a.C. juntamente con la marmita de tierra
y la tela de lino, estas plantas exóticas que son el trigo
y los nabos. Todavía más tarde, ensayó su primer
cuchillo de cobre.
Así, las invenciones más importantes de nuestra civilización,
aquellas sin las cuales ninguna otra hubiera podido nacer, permanecen-
y, seguramente, permanecerán-, envueltas en un misterio casi
total.
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