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LA   LUZ

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Para la inmensa mayoría de los seres vivientes, la luz, es un factor inapreciable; cierto es que un ser humano puede vivir sin visión, aunque con muchas dificultades, como también es verdad que hay animales, no muchos, que se han adaptado para vivir en la obscuridad.

El primer científico que se preocupó de hacer experimentos con la luz fue el autor de la Ley de la Gravedad,  Isaac Newton. Su experimento inicial consistió en hacer un agujero en la persiana de una ventana de su sala de trabajo; su propósito era que la luz solar penetrara  directamente sobre un prisma cristalino regular. Y observó que el rayo de luz se doblaba dos veces , una, al penetrar en el vidrio del prisma y, la otra, al emerger por la segunda cara del mismo. Newton para observar este fenómeno de la doble refacción, dispuso una pantalla blanca y comprobó que, la luz, en vez de formar una mancha blanca al extenderse formaba una banda de colores - rojo, anaranjado,  amarillo, verde, azul y violado, en el orden enumerado. Dedujo que eran varias luces que, por separado, excitaban nuestros ojos para producirnos la sensación de colores. Decidió llamar a esta banda spectrum. Por otra parte, llegó a la conclusión de que la luz se descomponía en diversas partículas que viajaban a grandes velocidades. A estas partículas las llamó corpúsculos.

Esta teoría se vio superada con las investigaciones del holandés Huyghens, que por entonces ya había construido el primer reloj de péndulo. Huyghens describió la luz como compuesta de minúsculas ondas, aunque no explicó por qué las ondas se movían en línea recta ni por qué proyectaban sombras recortadas.  Young fue quien  dio la respuesta al afirmar que las ondas eran infinitamente más pequeñas que cualquier objeto - incluidas las bacterias (cuyos contornos se definen en un microscopio), salvo los virus y las partículas subatómicas. Young también estableció que la luz se desplazaba a grandes velocidades.

Galileo quiso resolver este problema: medir la velocidad de la luz, pero fracasó. En 1676 el danés Roemer, estudiando los eclipses de Júpiter y de  los cuatro satélites que lo rodean - Ío, Europa, Ganimedes y Calisto - calculó que la velocidad de la luz era de 225.000 kilómetros por segundo, que pareció tan asombrosa que no fue creída por sus contemporáneos científicos. Sin embargo, casi trescientos años más tarde, en 1963, cuando fue posible emplear ondas luminosas para medir grandes distancia, se estableció que la velocidad de la luz en el aire era de 299.727 kilómetros por segundo, no muy diferente a la del danés, si tomamos en cuenta los precarios medios de que disponía.