Portada

De la mitología griega

Otros textos



Jano, el rey más antiguo del Lacio, era natural de Tesalia. Cuando llegó a las orillas del Tíber, los habitantes de aquellos salvajes lugares vivían sin religión y sin leyes. Jano suavizó la brutalidad de sus costumbres, los agrupó y formó ciudades, les dio leyes y les hizo experimentar los encantos de la inocencia, inculcándoles el amor a la justicia y a la honestidad. Cuando Saturno fue arrojado del cielo, escogió el Lacio por morada y Jano llevó su generosidad con él hasta asociarle a su imperio. Saturno a su vez le dotó de sagacidad tan extraordinaria que lograba conocer el pasado, el presente y el porvenir.
Jano es representado en la figura de un joven que tiene dos y a veces cuatro caras; en su mano derecha ostenta una llave, pues fue él quien inventó las puertas, y en la izquierda un báculo para indicar el dominio que ejercía sobre rutas y caminos. En toda ceremonia religiosa era el primero en ser invocado y se le ofrecían sacrificios sobre doce altares para recordar los doce meses del año.


Numa le levantó, en Roma, un templo que permanecía cerrado en tiempo de paz y era abierto tan pronto como estallaba la guerra. Entonces los caudillos de la nación, los magistrados y los pontífices acudían solemnemente al templo de Jano, descolgaban de las bóvedas del santuario los escudos sagrados, y los agitaban y golpeaban cadenciosamente exclamando a coro: ¡Marte, Marte, despierta!
Cuando se daban por terminadas las hostilidades se cerraban de nuevo las puertas, no de una manera ordinaria, sino por medio de enormes barras de hierro y valiéndose de cien cerrojos para que resultase cosa larga y difícil pretender abrirlas; el propósito era para que el pueblo comprendiera que la guerra, fuente de infinitas calamidades, no debe ser emprendida sin que existan poderosos motivos y sin antes haberlo reflexionado seriamente.


Pigmalión, era un escultor que vivía en Creta, modeló una estatua tan hermosa, que el artista se enamoró de ella y rogó al cielo que le diera vida y sensibilidad : Dioses soberanos,- exclamó - si es verdad que vuestro poder no tiene límites, haced que de una criatura tan adorable, pueda yo hacer mi esposa.
Al acabar esta invocación, se acerca a la estatua y le parece que ya tiene movimiento; pálpala con sus manos y a su tacto siente como si el mármol se reblandeciese. Asombrado ante tal prodigio no se atreve a entregarse a los transportes de alegría que le dominan. Pálpala una y otra vez y la siente menos fría; la sangre circula ya por sus venas. Apriétale la mano y posa en ella sus labios. No es ya una estatua: ella puede verle y oírle, baja ya de su pedestal y se dirige a él. La felicidad de Pigmalión no es ya un sueño: es la más dulce y la más querida de las realidades.

Alcestes y Admeto

Alcestes hija Pelias, fue solicitada en matrimonio por numerosos príncipes. Su padre para librarse de tantas importunas pretensiones, juró que solamente concedería la mano de su hija al pretendiente que pudiese uncir a un carro dos bestias feroces de diferente especie. ADMETO, rey de Tesalia, acudió a Apolo, al que en otro tiempo dispensara benéfica protección, y este dios se apresuró a ofrecerle un león y un jabalí domesticados que fueron uncidos al carro de Alcestes.
Algún tiempo después, Admeto cayó gravemente enfermo, pero el oráculo había anunciado que se libraría de la muerte si otra persona moría en su lugar, y su esposa Alcestes, tan valerosa como tierna, se sacrificó voluntariamente y murió por él. El mismo día que acababa de expirar llegó Hércules a Tesalia y Admeto cumplió con él todos los deberes de la hospitalidad a pesar de 1a pena que le consumía. En correspondencia a tal acogida. Hércules bajó a los infiernos, luchó con la Muerte y la venció, pudiendo así devolver Alcestes a su esposo.