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S. O. S

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Hijo de un pastor protestante de ideas sumamente conservadoras, el joven Samuel Finley Morse manifestó muy pronto su carácter independiente y sus inclinaciones artísticas. Su padre, teólogo de cierto relieve, trató de dar al hijo una educación esmerada, pero más bien antiliberal. Aunque nació cerca de la Universidad de Harvard, Morse no se educó en ella, porque ya había adquirido una reputación de radical, lo que asustaba al padre. A los 14 años pasó a la Universidad de Yale, que se mantenía fiel a la ortodoxia puritana y calvinista. En Yale, el joven estudiante empezó a interesarse vivamente acerca de un tema que resultaba en aquella época sumamente exótico y misterioso: la electricidad. A base de las primitivas pilas eléctrica de Volta y Cruishank, sus profesores ejecutaban experimentos y trucos que causaban la admiración de Morse y que. no habían de olvidársele jamás.


Desde muy niño, Morse, había dibujado; su inclinación hacia el arte resultaba irresistible; dibujaba retratos de sus compañeros y les cobraba. Hacia fines de sus estudios cobraba un dólar por un retrato al lápiz y cinco por una miniatura sobre marfil. Al terminar sus estudios tomó, repentinamente, y con gran indignación de sus padres, la decisión de seguir la carrera artística para la que su talento parecía destinarle. Entusiasta admirador del pintor Washington Alisten, viajó con él a Londres, en 1811, donde permaneció cerca de cuatro años, sumergido en un torbellino de actividades: estudios académicos, febril esfuerzo por terminar a tiempo los numerosos retratos que se le encargaban, amables veladas pasadas con los amigos fumando habanos, bebiendo vino de Madera y tocando el piano, porque Morse era un músico entusiasta, descubrió el mundo del teatro y adoptó las ideas democráticas de Jefferson y de los jacobinos franceses, que hallaban eco en el círculo de norteamericanos residentes en Londres.


A los cuarenta y un años de edad se hallaba en el punto culminante de su carrera artística; había progresado notablemente como pintor, adquiriendo una fluidez y un dominio técnico que le permitían rivalizar con los mejores retratistas de su tiempo. A su regreso a Nueva Inglaterra, en 1815, el pintor llegaba lleno de esperanzas y con un sólido bagaje artístico; en Londres se había distinguido y había aprendido todos los trucos del oficio; había ganado una medalla de oro en un concurso de escultura, contaba con amigos, admiradores y mecenas. Pero durante el viaje de regreso, ocurrió un incidente que interrumpió casi por completo su carrera artística y que hizo que Samuel recordara la admiración que despertaron en él las clases de sus profesores de Yale, sobre la electricidad. Cierta noche, durante la cena, el Dr. Jackson, habló de los recientes descubrimientos en materia de electromagnetismo y los experimentos de Ampére, y mencionó la longitud del alambre en la bobina de un magnetoimán que se usaba; entonces, uno de los pasajeros quiso saber si no se frenaba la velocidad de la electricidad dada la longitud del alambre. Y el doctor explicó que el fluido pasaba instantáneamente a lo largo de cualquier longitud de alambre, citando los experimentos del propio Benjamín Franklin. Samuel Morse comentó que "si la presencia de la electricidad podía hacerse visible en cualquier parte del circuito, ello haría posible transmitir mensajes instantáneamente por medio de la electricidad.". La conversación pasó a otro tema, pero nadie pudo imaginar esa observación del pintor Morse contenía el germen de uno de los más importantes inventos de la historia.


El caso es que Morse, ya en Nueva York, tras unos cuantos días de intenso trabajo, completó un esquema del aparato que había imaginado, pero es sabido que, con frecuencia, las dificultades de un inventor no hacen sino empezar cuando la idea central se establece en su mente; y la aplicación práctica de un nuevo descubrimiento, junto con su triunfo en la aceptación del público en general. Samuel se pasó doce años perfeccionando el diseño del aparato que había concebido. Durante todos esos años dejó de pintar y tal cosa resintió su economía. Y aunque no poseía los conocimientos técnicos necesarios, él mismo hubo de proyectar y construir las distintas partes del primer transmisor telegráfico, la famosa llave- que era un conmutador eléctrico. Ya había resuelto el modo de hacer los tendidos de los alambres que aislaran la corriente eléctrica (postes de madera y barras transversales también de madera en que ubicaban aislantes de porcelana) Pero surgió un problema crucial ¿cómo hacer para que el terminal recibiera un mensaje y lo descifrara? No le quedó más remedio que inventar el llamado Código Morse, que consistía en señales cortas y largas para representar las letras del alfabeto y algunos signos de puntuación. Además, en sus transmisiones experimentales descubrió que solo podía cubrir 32 kilómetros; para solventar este hecho, debía instalar relays para acoplarlos a línea telegráfica y hacer avanzar la señal otros 32 kilómetros y, así, sucesivamente para cubrir mayores distancias.


En 1836, tuvo listo su primer aparato telegráfico y solicito una patente para su invento y ayuda económica al gobierno para hacer una instalación y viajó a Europa para obtener patente en diversos países; fracasó en Inglaterra y en Francia, su gobierno declaró que el invento era de utilidad nacional y se apropió de la patente. Por fin, en 1843, el Congreso aprobó la suna de 30.000 dólares para construir la primera línea telegráfica entre Baltimore y Washington, que inaugurada el 24 de mayo de 1844. Y quien ha visto una película de la conquista del oeste sabe que este invento unió el país en todas sus direcciones; sin embargo, Samuel Morse, el pintor del célebre retrato de Lafayette, debió pleitear para mantener los derechos de su patente.


Morse, además, ensayó diversos procedimientos para la instalación de un cable submarino y consiguió introducir los daguerrotipos, primeros intentos de fotografía que Daguerre y Niepce habían introducido con éxito en Francia. En 1858 los gobiernos de Austria, Bélgica, Francia, Holanda, el Piamonte, Rusia, el Vaticano, Suecia, Toscaza y Turquía, como compensación por el uso de su sistema y sus aparatos, le asignaron una cantidad de 400.000 francos para que resolviera sus problemas financieros y viviera con tranquilidad y relativa prosperidad.
El 2 de abril de 1872, el telégrafo difundió al mundo que, rodeado de su familia, había muerto Samuel Morse.
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La telegrafía se amplió al tipo duplex y, en 1874, Edison inventó la cuádruplex, que permitía enviar, simultáneamente, dos mensajes en cada dirección, en 1915 se implantó la múltiple, que permitía enviar ocho o más mensajes y, a mediados de los años 20, apareció la máquina de teletipo y, años después, este procedimientos fueron sustituidos por los métodos inalámbricos de transmisión por ondas.